Rubén Darío… seguro escuchas su nombre e inmediatamente lo asocias con la poesía; Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza, Azul… títulos que resuenan como símbolos inevitables de la literatura hispanoamericana.
Y fue precisamente Azul, con su musicalidad y su espíritu renovador, la obra que lo hizo saltar a la fama, marcando el punto de partida del Modernismo y transformando para siempre la lengua española.
Pero Rubén Darío no fue solo el poeta de los versos perfectos y la belleza exquisita. Lo que muchos desconocen es que, más allá de su genio literario, también fue un hombre profundamente consciente de su época: un intelectual que, incluso en sus últimos años, quiso que la palabra sirviera para algo más que para cantar.

En medio de la Primera Guerra Mundial, cuando el mundo parecía hundirse en la violencia, Darío levantó su voz como un propulsor de la paz. Aun con la salud quebrantada y con el final acercándose lentamente, no dejó de escribir ni de soñar con la posibilidad de una humanidad distinta.
Y así, en los años previos a su paso a la inmortalidad, mientras las potencias se enfrentaban en el conflicto y la humanidad parecía perder el rumbo, Darío comprendía que su voz todavía podía significar algo. No era un hombre de fusiles, pero sí un poeta convencido de que la palabra podía alzarse por encima del estruendo de la guerra. Fue entonces cuando, impulsado por esa convicción, viajó a Nueva York e incluso buscó acercarse a la zona del conflicto, con la intención de disertar sobre la paz mundial y ofrecer, desde la literatura, un mensaje distinto en tiempos de violencia.





Y, aun en medio de aquel contexto incierto, Rubén Darío no se detuvo. En 1914, desde Barcelona, publicó una de sus últimas obras importantes: Canto a la Argentina y otros poemas. Paralelamente, continuó escribiendo crónicas y artículos periodísticos, sosteniendo con firmeza su labor intelectual y demostrando que su pluma seguía siendo una de las voces más vivas de la lengua española.
Hoy, a 110 años de su paso a la inmortalidad, el legado de Rubén Darío sigue vivo en cada rincón del pueblo nicaragüense. Su voz prevalece en los espacios donde la cultura y la identidad resuenan entre música y tambores, en las manos laboriosas de quienes cultivan la tierra, y en las aulas donde las y los estudiantes se forman como parte del futuro y el desarrollo del país.













